Artículo: ¿El pueblo contra la democracia?

Estamos siendo víctimas y cómplices de la intoxicación informativa. En un mundo global, la tecnología puede ser nuestra enemiga o la mejor aliada.

AUTORES: Carlos Guerra (periodista), Lucas F. Borkel (filósofo), Jaime Rojas (Doctor en Física)

La demagogia y la oclocracia (gobierno de la muchedumbre) son problemas antiguos. La primera definición de demagogia proviene de Aristóteles, y la oclocracia fue determinada por el historiador Polibio. Ambos eran personas sensibles a su tiempo y a los problemas que acusaban las poleis griegas.

¿Qué tal les hubiera ido a esos pensadores en la era digital? No lo sabemos, pero cada vez que compartimos en nuestras redes sociales o Whatsapp una noticia de dudosa credibilidad, estamos arrojando un grano más a la creciente montaña de noticias falsas que circulan por la red, y que nadie sabe dónde nos llevará. Sí podemos, en cambio, aprender de la historia reciente.

En su libro El KGB y la desinformación soviética, el profesor Martin-Bittman narra lo fácil que les resultaba a los oficiales de la URSS intoxicar a la opinión pública de Europa occidental. Solo en 1965, veinticinco agentes destinados en Praga habían podido realizar más de 100 operaciones de desinformación en todo el mundo. En la víspera de su regreso a Moscú, el general al mando de las operaciones, Ivan Agayants, resumió la situación ante sus camaradas. “A veces me sorprendo de lo fácil que es jugar a estos juegos. Si no tuvieran libertad de prensa, tendríamos que inventársela”.

Pero ya sabemos cómo terminó la historia, y todas esas  supuestas debilidades de occidente, con sus derechos y libertades, demostraron ser una fortaleza en el largo plazo.

La caída del Muro de Berlín no supuso el fin de estas operaciones de intoxicación. La CIA las solía incluir entre sus ‘medidas activas’, los rusos no tardaron en rehacer filas y pronto les siguieron muchos otros con ayuda de empresas privadas, ejércitos de bots, hackers y perfiles falsos al servicio de intereses nada democráticos, con el fin de radicalizar los debates y polarizar el voto. Si alguien duda de que la partida se juega en Internet, solo tiene que echar un vistazo.

Hoy las llamamos noticias falsas o fake news. Nunca son casuales o inocentes, y han empezado a proliferar como una ola sorda pero constante. Sus picos casi siempre coinciden con elecciones políticas de gran volatilidad y calado: EEUU, Francia, Reino Unido, Italia.

Y ahora también Brasil. El país más poblado de Latinoamérica (209 millones de personas) está de actualidad ante otra probable victoria de un extremista, Jair Bolsonaro, en un país sumido en la corrupción, la violencia y el paro, ingredientes que favorecen la aparición de oportunistas con recetas fáciles para asuntos complejos. Y de nosotros, los tontos útiles que les damos difusión.

En su reciente ensayo El pueblo contra la democracia, el politólogo Yascha Mounk explica cómo a raíz de los populismos autoritarios que están tomando el poder por la vía de las urnas, la democracia misma está en grave peligro.

Quisimos hacer un experimento para saber si las redes están tan polarizadas como se supone. Preguntamos en el muro de Facebook una pregunta sencilla: ¿Qué medida tomarías hoy mismo si fueses presidente del Gobierno? A pesar del sesgo que pueda presentar el entorno social de los firmantes, las respuestas no se alejaron de ideas con las que podemos estar más o menos de acuerdo, con lógicos matices en su aplicación.

“Arreglar la sanidad pública”, “becas reales y asequibles”, “un sistema de pensiones viable”, “suprimir aforamientos y sueldos vitalicios”, “derogar la ley mordaza”, “suprimir el Senado o empezar el proceso”, “buscar una alternativa al monopolio de las eléctricas”, “subir el salario mínimo”, “poner las Humanidades donde se merecen”, “dar valor a la infancia”, fueron las respuestas. Nada sobre inmigración, nada sobre echar la culpa a otros de nuestros males.

¿El pueblo contra la democracia? No lo parece. Todo indica, en cambio, que la solución es más democracia, no menos. Y a esto también se está respondiendo con tecnologías para la transparencia y la participación ciudadana.

De hecho llama la atención que las noticias falsas y la demagogia triunfen allá donde la gente se siente menos implicada en la toma de decisiones, donde hay más corrupción, donde el sentimiento de frustración crece. Porque cuando la decisión es lejana, tampoco nos sentimos comprometidos con sus consecuencias.

Quizás la solución también resida en dejar de pensar la realidad en términos abstractos tales como nación, pueblo, occidente, izquierda, derecha, cultura, etc. para verla como naturaleza, vida y conciencia.

Crear espacios en nuestro día a día en los que estemos desconectados de las redes sociales e internet, en los que estar solos con nosotros mismos, tranquila y apaciblemente. Espacios que nos permitan encontrar un refugio de paz en el que guarecernos del bombardeo informativo y desinformativo constante.

Si somos capaces de desarrollar una cultura de la atención, una cultura que nos recuerde lo importante que es atender a lo que pensamos y sentimos, de ello dependerá nuestra salud mental y la de nuestras democracias. Un potente antídoto ante el auge de la desinformación y manipulación.

Al final, la realidad la determina cada individuo, y está en las manos de cada uno el desarrollarse como persona consciente, escéptica y crítica, inmune a los charlatanes y manipuladores de opinión.

 

COLABORARON: Marta Carrera, Pablo Checa, Jerónimo Espino, Alberto González, Héctor Guerra, Asun Martín y Juan Santiago.

 

Photo by Matteo Paganelli on Unsplash

‘Breve historia del ciborg moderno’ en GoCoworking

Hace unos días estuvimos hablando sobre el tema que da título al post en el encuentro #GoForInnovation de GoCoworking, en Las Palmas de Gran Canaria.

El concepto cyborg abarca desde la Grecia clásica, con sus mitos, quimeras y minotauros, hasta el mundo moderno con el Manifiesto Cyborg de Dona Hawaway, Junto a ella, artistas como Orlan, Stelarc, Eduardo Kac y Neil Harbisson han tratado el tema del humano-máquina. Sin olvidarnos de los cómics y escritores de ciencia-ficción desde Edgar Allan Poe, primera referencia moderna que hemos encontrado con su relato corto The man that was used up (1839).

Gracias a Overloadd, Innereye XR y todos los amigos que allí estuvimos, presenciando además la implantación de un chip en directo y debatiendo sobre todos estas apasionantes cuestiones.

En ESTE LINK puedes ver la presentación completa.

‘2045: ¿Hacia una era de las máquinas?’ con la ULPGC

Ningún relato es inocente. Cuando en 2001, Odisea en el Espacio Stanley Kubrick nos regala su poético viaje hacia el niño de las estrellas, no deja de evidenciar la condición defectuosa de la humanidad. De ahí la frase del Dr. Snaut en Solaris, la novela de Stanislaw Lem, cuando afirma que “no necesitamos otros mundos, necesitamos espejos”.

Otro relato, este más familiar. El 29 de octubre de 1969 a las 22:30 de la costa oeste de EEUU, el primer paquete de datos en forma de dos letras de texto (‘LO’, intento de ‘LOG’) viajó los 644 kilómetros que separan la Universidad de California del Stanford Research Institute, dentro del proyecto militar Arpanet. La revolución digital había comenzado.

Aquella red nació con el propósito de enchufar universidades e instituciones públicas mediante unos aparatos pesados, caros y difíciles de transportar. Hoy la llevamos en el bolsillo y con 3.800 millones de usuarios, sus consecuencias son evidentes en prácticamente toda actividad humana. La tecnología nos ayuda pero, ¿sabemos lo que estamos construyendo?

Casi la mitad de la población mundial aún no tiene acceso y muchos de ellos van a quedar fuera. Inteligencia artificial (AI), realidades mixtas, robótica, bioingeniería, big data… Lo han llamado la Cuarta Revolución Industrial. Y siempre en el mismo paquete, la coletilla emprendedora del “We are making a better word” (“Estamos haciendo un mundo mejor”).

 

Al menos desde la pasada década, los términos del discurso sobre el entorno digital han sido planteados desde una dimensión empresarial, en base a una representación idealizada de los emprendedores. Ellos están cambiando el mundo, sin duda, pero dicho entorno no se agota en Facebook, Google, Amazon, Apple o Tesla, por más que estos sean actores innovadores y relevantes.

Expertos como Raymond Kurzweil, director de Ingeniería de Google, aseguran que en pocas décadas el desarrollo tecnológico será tan exponencial que superará nuestras capacidades, con unas consecuencias que hoy no podemos prever. También afirma que superaremos los límites de la biología y la conciencia humanas.

Mientras unos se cuestionan si esto será posible, otros se preguntan cuándo. El desarrollo de la AI ha alertado a científicos, escritores y humanistas como Stephen Hawking, Nick Bostrom, Javier Echeverría y Nicholas Carr. La integración humano-máquina, la utopía del ciborg anunciada por Donna Haraway, es una realidad con la que tendremos que convivir.

Carlos Guerra, fundador de The Future ON. / ANDRÉS CRUZ

La ULPGC no puede ser ajeno a esta realidad como motor incansable de fabricación del talento canario, promotor de la industria 4.0 y como foro abierto para la preparación inevitable del futuro a través de la investigación, desarrollo, innovación y transferencia de conocimiento a la sociedad. Por ello que hemos querido organizar un encuentro sobre estas cuestiones en colaboración con The Future ON, colectivo de tecnólogos humanistas que promueven el diálogo tecnología-sociedad, además del Gabinete Literario y el Diario La Provincia.

La propuesta más llamativa será sin duda la creación de un ‘augmented human’ (humano mejorado) como anticipo de un debate donde abordaremos algunas cuestiones de actualidad sobre estos temas: privacidad, ciberataques, relación humano-máquina y democracia y participación.

Toda nueva tecnología genera promesas y peligros potenciales. De un lado la posibilidad de empoderar a individuos y comunidades mientras se crean oportunidades para el desarrollo económico, social y personal. De otro, la amenaza de marginar grupos, exacerbar la desigualdad y generar inseguridad.

Dar forma a esta revolución en beneficio de todos requerirá nuevas formas de colaboración y de gobernanza, responsabilidad colectiva y una narrativa compartida e inclusiva.

The Future ON con el Festival Keroxen

Una jornada de experiencias y volcada al público para reflexionar juntos sobre el futuro de la tecnología. Esa fue la premisa de THE FUTURE ON, que se celebró por primera vez en la isla en paralelo al Festival Keroxen el jueves 19 de octubre de 2017, en horario de 19:00 a 23:00, en el Espacio Cultural El Tanque, de Santa Cruz de Tenerife.

Cuerpo, mente y espíritu fueron los tres temas y formatos que abordó la jornada. Durante la misma se ‘creó’ un ciborg en directo como forma de introducir la reflexión sobre las implicaciones de la integración ser humano-máquina. 

EFE Futuro, la plataforma global de periodismo científico y tecnológico de la Agencia EFE, fue el media partner para esta edición, que nos ayudó a tener una decena de apariciones en medios de comunicación de ámbito local y nacional.

La jornada se abrió con la pantalla interactiva de Abraham Manzanares (Colorsound) sobre la que se interpretó una pieza solista de violín, que dio paso a la ‘creación’ de un ciborg gracias a la colaboración de la empresa de chips humano Overloadd.

A continuación tuvo un lugar un debate cuyos ponentes principales fueron Héctor Socas (IAC) y Luis Laria (oceanógrafo y divulgador), donde participaron tres artistas locales: Alba González, Esther Elena Pa y Fran ‘Feoflip’.

Tras el mismo tuvo lugar una sesión de percepción ampliada, orientada a crear una experiencia sensorial que induzca un estado de conciencia pleno, previo al espectáculo filosófico-musical El Sueño del Maestro.

Durante toda la tarde-noche de actividades (18h. a 23h.) pasaron por el espacio unas 150 personas.

‘Particle Flowness’

Durante la jornada THE FUTURE ON en el Espacio Cultural El tanque, nos acompañó este proyecto de simulación de partículas envolventes trackeando al publico en tiempo real. Una experiencia sensorial donde poder visualizar el movimiento y flujo de energías desde diferentes puntos de vista. 

Su creador, Abraham Manzanares (Colorsound), comenzó a hacer sus primeros experimentos con música electrónica en Bristol. Continúa su carrera en Barcelona, donde empieza estudiando sonido y termina motivándose con la composición de vídeo y la vídeo creación en directo. Involucrado con la programación e investigación con sensores, cámaras y micro-controladores encuentra al fin su vocación: el diseño interactivo. Residente en Granada, sigue desarrollando su instalaciones interactivas e imparte talleres sobre interacción y herramientas como VVV y Arduino.

‘Creación’ de un ciborg

“Si quieren vivir sin ningún chip implantado en su cuerpo, sepan que existirán humanos superiores que controlaran la tecnología con sus cerebros. Sí, asusta”, asegura el profesor Kevin Warwick, conocido como ‘Capitán Cíborg’.

Hace décadas que los humanos llevamos puesta la tecnología para mejorar ciertos aspectos de nuestro cuerpo: marcapasos, lentillas, prótesis… 

La promesa tecnológica asegura que en poco tiempo existirán los ‘humanos mejorados’. Personas que se integran con las máquinas y máquinas que imitan lo biológico. ¿Qué hay de realidad y qué de utopía?

Precisamente para tratar estos temas como forma de reflexión crítica, durante la jornada tuvo lugar la ‘creación’ de un ciborg en directo. Un implante de chip fue realizado por Fernando Martín (en la imagen) para la empresa Overloadd, representada por su CEO Juan Melo, que habló a continuación.

Debate con artistas locales

Una parte central de la jornada The Future ON consistió en un debate cuyos ponentes principales fueron dos científicos y tres artistas: Héctor Socas (IAC), Luis Laria (oceanógrafo y divulgador), Alba González (artista visual), Esther Elena Pa (artista visual) y Fran ‘Feoflip’ (muralista y grafitero). Los temas que se trataron tuvieron mucha relación con los puntos de conexión entre arte, la ciencia y la tecnología.

Sesión de percepción ampliada

Esta actividad fue orientada a crear una experiencia sensorial para generar un estado de conciencia pleno, con ayuda de la palabra y los estímulos sonoros y visuales. Un mundo de posibilidades para el estudio y contemplación del propio cuerpo y el entorno físico. 

Esto transmite un aspecto fundamental de The Future ON: si queremos lograr algún cambio real, debemos empezar empezar por nosotros mismos, tomando conciencia de las consecuencias individuales y sociales de nuestros procesos psicológicos automáticos.

Descubrimos que prestar atención a nuestros pensamientos los transforma, cambiándonos en el proceso. Nos cuestionamos si vivir atentos a nosotros mismos es el único modo de sobrevivir como especie a nuestro potencial psicológico y tecnológico más destructivo.

El Sueño del Maestro

Se trata de un espectáculo filosófico-musical en el que se combinan la música en vivo, la palabra y la imagen para representar un viaje a través de las ideas y concepciones filosóficas de Albert Einstein.

Conocido por su faceta científica, el personaje ha adquirido el estatus de icono por excelencia. Sin embargo su visión de un mundo ordenado y matemático parece contrastar con su filosofía de vida humanista y pacifista, y con sus influencias místicas y panteístas. 

El Sueño del Maestro nos transporta a una mente creativa y sensible a su tiempo, así como  al propio fundamento estético y filosófico de la ciencia.

Se representaron piezas clásicas y modernas, desde Bach hasta Williams, pasando por Khachaturian, Debussy y Tchaikovsky. 

Las secuencias mostraban elementos del Cosmos y el cerebro, producidas en laboratorio o tomadas en la naturaleza, complementadas por imágenes cedidas por la ESA y la Agencia Espacial Rusa.

 

La Cuarta Revolución Industrial, a debate

El 29 de octubre de 1969 tuvo lugar el nacimiento de Internet. A las 22:30 hora local de la costa oeste de EEUU, el primer paquete de datos en forma de dos letras de texto (‘LO’, intento de ‘LOG’) viajó los 644 kilómetros que separan la Universidad de California del Stanford Research Institute, dentro del proyecto militar Arpanet. La revolución digital había comenzado.

Aquella red nació con el propósito de enchufar universidades e instituciones públicas mediante unos aparatos pesados, caros y difíciles de transportar. Hoy la llevamos en el bolsillo y con 3.500 millones de usuarios sus consecuencias son evidentes en prácticamente toda actividad humana. La tecnología nos ayuda pero, ¿sabemos lo que estamos construyendo?

Expertos como Raymond Kurzweil, director de Ingeniería de Google y fundador de la Singularity University, aseguran que en 2045 el desarrollo tecnológico será tan exponencial que la inteligencia artificial superará nuestras capacidades, con consecuencias que hoy no podemos prever. También afirma que en breve lapso de tiempo superaremos los límites de la biología.

Hoy la duda no es si esto será posible, sino cuándo. El desarrollo de la inteligencia artificial ha alertado a científicos, escritores y filósofos como Stephen Hawking, Nicholas Carr, Javier Echeverría y Nick Bostrom, que nos advierten de la amenaza que podría suponer. La integración humano-máquina, la utopía del cíborg llevada a término, es una realidad con la que antes o después tendremos que aprender a convivir.

Décadas atrás se afirmó que la era de los grandes relatos había muerto, y que distintas visiones del mundo iban a verse obligadas a convivir. Lo importante no eran los hechos, sino nuestras interpretaciones. Pero si atendemos a expresiones como capitalismo tardío, modernidad líquida o el desierto de lo real (Jameson, Bauman, Žižek), vemos un hilo conductor en todas ellas.

Ese hilo conductor es la Globalización, la cual ejerce una hegemonía que no ostenta alguien en concreto, aunque no por ello es menos real. Su poder no es represor sino seductor, porque hace uso de la libertad, pero generando dependencia en el individuo con ayuda de las tecnologías digitales. Un camino que desde hace algún tiempo viene transitando en dirección cuyas consecuencias no podemos prever hoy.

Al menos desde la pasada década, los términos del discurso sobre el entorno digital han sido planteados desde una dimensión empresarial. Ellas están cambiando el mundo, sin duda, pero dicho entorno no se agota en Facebook, Google, Amazon, Apple o Tesla, por más que estos sean actores relevantes e innovadores.

Si entendemos la libertad como la posibilidad de dirigirnos intelectualmente hacia donde consideremos, ampliando los límites del discurso y de lo posible, conviene abordar también -y sobre todo- la dimensión cultural, social y política del espacio digital, y replantearnos un modelo de Globalización al que aún no hemos sabido soldar nuestros valores democráticos.

No aspiramos a establecer un consenso definitivo en torno a la verdad, pues este ha de ser necesariamente subjetivo. Pero sí vemos posible y deseable abordar, desde un enfoque humanísitico e integrador, la amplitud de retos y escenarios que este siglo XXI tecnológico nos seguirá poniendo por delante.

Artículo: ¿Es posible vivir sin odio?

La tecnología nos permite estar conectados, pero un mundo en paz requerirá nuevas formas de pensar y de sentir

AUTORES: Carlos Guerra (periodista), Lucas F. Borkel (filósofo), Jaime Rojas (Doctor en Física)

Una de las situaciones más impactantes que podemos experimentar en la vida es descubrir que alguien a quien ni siquiera conoces te odie hasta el punto de querer provocar tu muerte, como acaba de ocurrir en los atentados de Cataluña. Darnos cuenta, además, que desean destruirnos no por una identidad concreta  -por quién soy, por hechos que he llevado a cabo- sino por lo que para esa persona represento, nos deja en una situación tan vulnerable como precaria: pareciera que poco se puede hacer al respecto.

La única receta sería entonces prevenir al máximo e instalar cortafuegos, renunciando a parte de nuestra libertad en favor de una mayor percepción de seguridad. Un camino lleno de trampas y de difícil retorno si las circunstancias cambian. ¿Qué hacer entonces? ¿Es el odio inevitable o es posible vivir en un mundo libre de él? Dicho en otros términos: ¿estamos preparados para una experiencia vital ajena al odio, la intolerancia y el dogmatismo?

“Es igual de imposible que vivir sin amor. Incluso el ser humano es capaz de simultanear ambas emociones”, comenta Ricardo Gopar, publicista y apasionado de la psicología. “Estamos ante una paradoja”, señala la artista Alba González. “¿Para considerarnos tolerantes debemos tolerar la intolerancia? Hemos de odiar —intensamente incluso— las expresiones de odio, para así motivarnos a evitarlas y erradicarlas”.

Responder a estas preguntas no es un arte nuevo. Pero si en el pasado nuestros más acérrimos enemigos se encontraban próximos y podíamos identificarlos -así como ellos a nosotros-, hoy cualquiera está en disposición de odiarnos, por ajeno que resulte a nuestra realidad cotidiana, haciendo ardua la tarea identificativa y generando tentaciones totalizadoras.

Así, los atentados de Cataluña habrían sido provocados por “islamistas”, “árabes” o “musulmanes”. De una forma u otra necesitamos identificar la amenaza para saber de qué protegernos, aunque dicha identificación sea errónea de base.

Lo que hace tan peligroso este “odiar a distancia” es que no procede de una eventualidad o agravio puntual, sino que invade categorías mentales enteras: occidental, blanco, negro, judío, homosexual, musulmán, transexual, inmigrante, indigente… El informe de 2016 sobre delitos de odio en España muestra que racismo y xenofobia son los incidentes más comunes, aunque la discriminación por sexo o género es lo que más aumenta.

Desde pequeños descubrimos que estamos bien armados para odiar, así como amar y ayudar arriesgando incluso nuestras propias vidas. Está escrito en nuestros genes: cooperación y conflicto son dos caras de la misma moneda, rasgos típicos del ser humano y otros primates. Pero esa verdad científica no nos lleva a equipararlas. Para eso contamos con la moral y los principios éticos. ¿Quién no desea vivir en un mundo donde predomine la empatía sobre la intolerancia?

Hoy surge una nueva forma de canalizar estos fenómenos sociales: la Red. En ella la cuestión del odio parece haber cobrado una nueva dimensión y su propagación se ha acelerado de forma drástica. Las masas siguen -seguimos- apoyando la irracionalidad, devastadora de todo aquello que encuentra a su paso. No importa nuestra confianza en el mundo civilizado que creemos habitar, pues a cada poco demostramos nuestra falta de visión y susceptibilidad al fanatismo y la histeria colectiva.

En la Red nos sentimos anónimos y merodeamos ocultos en la sombra de lo virtual. En ella descargamos nuestras opiniones pero también nuestros impulsos y frustraciones: lo virtual como dimensión psicológica y moral,que nos muestra rasgos y potencialidades que no suelen aflorar en el día a día.

La psicología tiende a considerar al sujeto que odia como portador de una enfermedad grave. A nivel colectivo ese “odio a categorías” supone una enfermedad social. El ataque a la mezquita de Granada tras los atentados de Cataluña o los vídeos que circulan equiparando a refugiados e inmigrantes con terroristas son algunos ejemplos.

El odio que anida en una mente altera su juicio y percepción, construyendo la identidad del individuo en torno a ella y generando fanatismo y actitudes violentas. El sujeto del odio busca la aniquilación del objeto odiado, de manera más o menos consciente. La paradoja es clara: este sentimiento no desaparece con la destrucción de dicho objeto pues se retroalimenta, necesita confirmarse continuamente y cohesiona grupos, entrando en un bucle tan destructivo para los demás como autodestructivo para el sujeto de origen. El odio, monstruo insaciable, acaba por aniquilar también a su transmisor arrasando todo por el camino, como el mito de Saturno devorando a sus hijos.

De ahí la urgencia de propuestas para un problema tan actual y preocupante.

El “odio a categorías” es probablemente un problema endémico humano. Para albergarlo es necesario, por una lado, la formación de categorías, y por otro, la de una imagen de mí mismo como sujeto distinto a los demás.

Esta manifestación de odio, como el resto de fenómenos psicológicos, es una de las posibilidades a que da lugar nuestra dotación fruto del transcurso de millones de años de evolución. Algunos de estos fenómenos  son innatos y otros aprendidos, como el odio que nos ocupa. No obstante, innatos o aprendidos, todos terminan convirtiéndose en mecanismos reflejos, en automatismos.

Si queremos sobrevivirnos a nosotros mismos, a nuestro potencial más destructivo, necesitamos vivir atentos a dichos automatismos: a nuestras emociones, a nuestros pensamientos y creencias, a nuestros supuestos explícitos y tácitos, a nuestras percepciones de nosotros mismos y de los demás, a nuestros comportamientos y a los valores y actitudes que subyacen a los mismos. Al prestarles atención, estos mecanismos se van debilitando. Si no lo hacemos, si seguimos viviendo ignorantes de nuestra responsabilidad y participación (psicológica) en estos hechos, puede que pronto sea demasiado tarde para nuestra especie y nuestro hermoso planeta.

COLABORARON: Natxo Bascones, Ioana Buciu, Jerónimo Espino, Asun Martín, Javier Godoy, Alba González, Ricardo Gopar, Ángel Padrón, Patricia Reyes, Soraya Romero, Jessica Santana, Victoria Torres.

‘Internet y el futuro de la democracia’ con el Cabildo de Gran Canaria

¿Quién manda en Internet? ¿Qué partes la componen? ¿Cuál es el rol de la ciudadanía? ¿Y el de los estados? ¿Cómo evitar el espionaje? ¿Y la censura? ¿Qué papel juegan los hackers? ¿Existen redes alternativas? ¿Qué pasará cuando todo esté conectado? ¿Es posible un gobierno online? ¿Cuáles son los límites de la democracia digital? ¿Cómo afectará a nuestra evolución como especie?

La pregunta como interpelación abierta del presente es la principal herramienta del periodista, y a ella recurrimos para plantear junto al Cabildo de Gran Canaria la 1ª Conferencia Anual Democracia y Ciudadanía, esta vez con la temática señalada en el titular: Internet y el futuro de la democracia.

Todo empezó por azar, como empiezan tantas cosas, tras leer por marzo de este año un artículo en Jot Down titulado A dos teclas del fin del mundo. Mi cerebro, al parecer predispuesto, comenzó a hacerse las preguntas que inician este posts, y a continuación empecé a pergueñar un encuentro de debate sobre estos temas. Cada vez más, me dije, dependemos de Internet, pero no existe suficiente compresión de lo que realmente es y sus implicaciones para el ser humano.

Al poco tiempo le comenté el proyecto a Jorge P. Artiles, director general de Participación Ciudadana, que también por esa época andaba buscando un tema para su primera conferencia anual, una de las grandes apuestas de su departamento para el periodo 2015-2019.

La gran red mundial que a todos nos conecta nació hace más de 40 años en California con el propósito de ‘enchufar’ universidades e instituciones públicas mediante unos aparatos pesados, caros y difíciles de transportar. Hoy la llevamos en el bolsillo y sus consecuencias son evidentes en prácticamente todos los ámbitos de la actividad humana. Nuestra dependencia de Internet va en aumento, pero ¿sabemos exactamente lo que estamos construyendo?

Una cuestión demasiado importante como para dejar que se resuelva por sí sola mediante la inercia, el azar o una amalgama de intereses que lleguemos a entender demasiado tarde. El propósito de estas preguntas no es respondernos sobre cómo están hoy las cosas, sino cómo será el Internet y el mundo dentro de 15 o 30 años y cómo nos afectará.

 

El gran relato (II)

 

La contracumbre de la Organización Mundial de Comercio en Seattle (1999), la creación del Foro Social Mundial en Porto Alegre y las manifestaciones o Contracumbre de Génova del G8 (ambas en 2001) dieron paso a una nueva forma también global de hacer política en las democracias occidentales, al margen de unas instituciones que se consideraba habían renegado del bien común y estaban por tanto deslegitimidadas.

También las herramientas de Internet jugaron un papel clave en la organización de estos primeros movimientos altermundistas. Primero el email, la web y los foros, más tarde blogs y redes sociales. El móvil hizo posible llevar Internet en el bolsillo, y con él la protesta se hizo ubicua. La propia Globalización integraba herramientas para cuestionarla, siguiendo la crítica de Jean Baudrillard sobre el mundo postmoderno. Pero ahora el contenido era real, no una mera acumulación de signos.

Pasado el auge de los movimientos antiglobalización -pero con la experiencia acumulada-, una segunda ola de movilizaciones sacude el mundo ya entrado el siglo XXI. Si las anteriores se desatan en occidente y se limitan a él, estas lo hacen en el norte de África, y de ahí se extiende al mundo árabe, Europa, EEUU y Corea del Sur, entre otros. Las fronteras culturales, si bien no desaparecen, demuestran mayor porosidad al menos en la exigencia  de más y mejor democracia, en una demostración sin precedentes de valores compartidos por millones de personas. Los efectos de la crisis económica iniciada en 2008 ayudan a ello, sin duda. De nuevo el descrédito del establishment político como hilo conductor. La frustración y hastío social se hace evidente.

¿Qué hacer en este contexto? La solución más extendida hoy por hoy es reformar dichas instituciones mediante la toma democrática del poder, confiando aún en ellas y no dándolas por muertas. La otra, eliminarlas y si acaso sustituirlas. En el primer caso con la tentación de generar un simple proceso de sustitución de las élites, que describieron Pareto y Mosca. O desde un punto de vista más amplio, una asimilación hacia lo aceptable por el sistema, según Marcuse. En el segundo, el salto al vacío y la incertidumbre absoluta, como se ha visto en las diferentes primaveras árabes.

Parece claro, eso sí, que hoy la Globalización es el gran relato del mundo. Como característica general a todo relato, es interesado. Y como rasgo particular, defensor de un statu quo escasamente democrático y exponencialmente desigualitario. Principales beneficiados son los grandes actores de la economía capitalista, especialmente los mercados financieros responsables de la gran crisis de 2008. Perjudicados son los demás, es decir, todos nosotros aguantando cada cual con sus propios medios. Los menos favorecidos caerán antes -ya están cayendo- incluso en un sentido existencial, nueva expresión de darwinismo social.

Mirando al futuro

¿Hacia dónde vamos entonces? ¿Podemos decir hoy que la Globalización tiene suficiente legitimidad? ¿Podemos hablar de ella como un relato socialmente aceptado y compartido? El auge del populismo de extrema derecha en Europa y EEUU también parecen negarlo, en una evasión hacia lo salvaje. ¿Tiene el humanismo respuestas para esto, o debemos buscarlas en el posthumanismo antropotécnico que postula Peter Sloterdijk?

Que la Globalización neoliberal está siendo el gran relato del mundo actual, es un hecho, así como los potentes intereses en profundizarlo y solidificarlo. El problema es si, parafraseando a Miguel de Unamuno, además de vencer, conseguirá convencer, continuando la actual tendencia en la configuración de unas relaciones de poder cada vez más concentradas, menos distribuidas y mínimamente democráticas.

Asegura Nicholas Carr que nos encaminamos hacia una sociedad más parecida a lo que anticipó Huxley en Un mundo feliz que a lo que describió Orwell en 1984, en el sentido de que la opresión no será tan explícita, sino que partiendo de nuestras propias mentes y corazones se podrá instaurar en el mundo. “Renunciaremos a nuestra privacidad y por tanto reduciremos nuestra libertad voluntaria y alegremente, con el fin de disfrutar plenamente de los placeres de la sociedad de consumo. No obstante, creo que la tensión entre la libertad que nos ofrece Internet y su utilización como herramienta de control nunca se va a resolver. Podemos hablar con libertad total, organizarnos, trabajar de forma colectiva, incluso crear grupos como Anonymous pero, al mismo tiempo, Gobiernos y corporaciones ganan más control sobre nosotros al seguir todos nuestros pasos online y al intentar influir en nuestras decisiones (entrevista en Babelia, El País, 2011).

El gran relato (I)

Siempre me fascinó observar las manifestaciones de poder. Del poder y su contrapartida, la sumisión. Pues así como el líder necesita al seguidor, el poder pierde gran eficacia si no cuenta con quienes aceptan su voluntad.

Hace unos años andaba sumergido en comprender algo de la naturaleza humana cuando me topé con Desmond Morris y El mono desnudo, el cual analiza a la especie desde un enfoque puramente zoológico como primates, o más concretamente homínidos. Entre las características de nuestro comportamiento destacaba Morris dos rasgos estructurales: jerarquía y territorialidad. Sendos aspectos donde el poder encuentra su razón de ser y se “capilariza” en un enorme abanico de manifestaciones, en palabras de Michel Foucault.

Desde tiempo inmemoriales, con el fin de reducir la violencia inherente a todo ejercicio de poder, las sociedades humanas establecieron el relato como instrumento básico de justificación del orden social. Porque es a través suyo, cuando es compartido, que el poderoso encuentra seguidores y por tanto legitimidad.

Así el poder encuentra el campo abonado para modelar comportamientos individuales y sociedades enteras sin recurrir continuamente al uso de la fuerza.  Si lo pensamos, hay pocos fenómenos humanos que posean un rango tan amplio de actuación, y sucede de forma constante a lo largo de la historia.

Asumiendo la obviedad de que la violencia directa persiste, lo que no ha sido resuelto de modo alguno es la violencia económica, social o psicológica de unos grupos de poder sobre otros. Tampoco la violencia interior de la que habla Byun-Chul Han, inducida por el propio sistema de valores en que nos desenvolvemos.

El posmodernismo afirmó hace algunas décadas que la era de los grandes relatos habían muerto. Distintas visiones del mundo iban a verse obligadas a convivir en un mismo espacio y tiempo, lo que dio lugar entre otras cosas al relativismo: lo importante no son los hechos sino sus interpretaciones. Podríamos citar a Gianni Vattimo entre los defensores de esta idea.

Pero si atendemos conceptos de autores como Jameson y su “capitalismo tardío”, Bauman y la “modernidad líquida” o Zizek con “el desierto de lo real”, encontramos en todos ellos un hilo conductor, como señala Rosa María Rodríguez Magda en su obra Transmodernidad. Ese hilo conductor es la Globalización, la cual ejerce un poder que no ha creado ‘alguien’, porque es la acumulación de procesos sociales, políticos, culturales, medioambientales, científicos y tecnológicos. Pero que está aquí con todos nosotros, imponiendo realidades, y caracterizada por el tercer entorno del que nos habla Javier Echeverría: la nueva y absoluta hegemonía  de lo digital.

En todo caso, la nueva óptica relativista fue aprovechada rápidamente tras la caída del bloque soviétivo -única alternativa al Capitalismo- por ciertas élites político-económicas para crear un no-relato que tiene su gran punto de partida, al menos que yo recuerde, en 1992 con El fin de la historia y el último hombre, la célebre obra de Francis Fukuyama. Con notable éxito mediático, expuso que la Historia, como lucha de ideologías, guerras y revoluciones, había llegado a su fin tras la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría. La democracia liberal se proyectaba como triunfante del envite.

Esta explicación -aquí resumida- se instaló sin dificultades en gran parte de la opinión pública, la política y los medios de comunicación en años subsiguientes. Críticos como Noam Chomsky e Ignacio Ramonet pronto lo calificaron como un ejemplo de pensamiento único: un discurso que pretendiendo aparecer como neutral, cumplía el rol de favorecer al capitalismo global. El neoliberalismo, en suma.

El ‘dolce far niente’

Panta rei. Todo fluye. Todo cambia y nada permanece. La frase se atribuye al filósofo griego Heráclito, luego recogida por Aristóteles en su famosa cita “no nos bañamos dos veces en el mismo río”.

En medio de este tedio veraniego, 2.500 años más tarde, contemplar nuestro entorno reabre sin embargo una vieja sensación que contradice a aquellos sabios. Se observa en las charlas de bar y en las paellas de domingo. En la política, las portadas del Marca y los dimes y diretes. En los cruces de semáforo a dónde coño ibas y si no viste que estaba en rojo. Que la vida sigue igual.

“Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”, declaraba Tancredi a su tío el príncipe Don Fabrizio en El gatopardo, la novela de Lampedusa adaptada al cine por Visconti. En ella se narra la invasión de Sicilia por las tropas de Garibaldi y las maniobras de la nobleza para conservar sus privilegios. Fue lo que dio origen a la expresión gatopardismo o lampedusismo: todo aquel cambio cuyo único fin es que todo permanezca.

Es la versión moderna del eterno retorno que Nietzsche recogía en Así habló Zaratustra. Lo vivido vuelve a la mente vez tras vez, en una repetición infinita e incansable. Para algunos era entonces el preludio de algo mayor, el Übermensch, el Superhombre. Nada de eso se espera por aquí.

Las crisis debilitan el consenso y desbarata los vínculos de confianza. Surgen los recelos, aflora el clan y se sospecha de todo. “En tiempos de crisis incluso se sospecha del cambio”, decía Enric Juliana analizando el origen del lampedusismo.

Tedio y crisis. La sensación de vivir anclados en un tiempo que no avanza. El presente permanente del que hablaba Eric Hobsbawm en la introducción a su Historia del siglo XX. “En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven”.

Una especie de burbuja donde nada sucedió y todo está por ocurrir. Una bomba explotó, pero no sabemos dónde. Algunas gentes naufragaron (¿quizá en Lampedusa?), pero cuándo, imposible recordarlo. Como esa tierra media de la consciencia donde no distinguimos sueño de realidad, así tampoco abrigamos hoy una visión clara de nuestro lugar en el mundo.

Lejos de ahondar en el individuo y sus relaciones presentes, ese continuo le aísla y difumina, negándole el momento de ser él y obligándole a llenar ese vacío mediante ‘el otro’ en ausencia de empatía, sujeto-objeto con el que conectamos a remoto y que ha de legitimar nuestra propia existencia.

El tedio. No soñamos con mundos distintos porque apenas ya soñamos. El saber pasó de moda, la transgresión sucumbió a lo corrección y el inconformismo se volvió enfermedad. “Valora lo que tienes”, nos dicen, cuando en realidad quieren decir “confórmate con eso”. Apáñate, sobrevive, ten hijos y no molestes mucho. Ser crítico es marginarse. Impugnar el presente es exiliarse. El ámbito medio se esfumó.

¿Qué hacer, entonces? “El hombre nunca puede saber qué debe querer” —relata Milan Kundera en La insoportable levedad del ser porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores”. Si queremos recuperar el rumbo, pues, necesitamos más que nunca de la filosofía.

La tecnología, con todo lo que aporta, decretó la normalización del tedio. Conectarse a las redes sociales, algunas fotos, firmar una petición, quizá. Algún mensaje indignado. De ahí a la descalificación y el insulto ocasional, tan reales, tan auténticos. Nuestra dosis diaria de protesta, pautada y autoadministrada. Ya nos sentimos mejor, algunos memes y vuelta a empezar. Y de fondo siempre esa voz que nos dice: no seas, no seas. Solo parece que estás ahí, acaso el mundo olvide que existes.

Solo a veces un chispazo, una descarga eléctrica nos devuelve a la condición humana y nos recuerda que estamos vivos. Ahora somos imbatibles. La pantalla nos muestra ese video que hace tiempo no salía, el del presentador furioso que va a ser despedido y ante la cámara corea un eslogan que la gente grita en sus ventanas a lo largo y ancho de la ciudad. “Estoy más que harto, y no quiero seguir soportándolo.”