Artículo: ¿El pueblo contra la democracia?

Estamos siendo víctimas y cómplices de la intoxicación informativa. En un mundo global, la tecnología puede ser nuestra enemiga o la mejor aliada.

AUTORES: Carlos Guerra (periodista), Lucas F. Borkel (filósofo), Jaime Rojas (Doctor en Física)

La demagogia y la oclocracia (gobierno de la muchedumbre) son problemas antiguos. La primera definición de demagogia proviene de Aristóteles, y la oclocracia fue determinada por el historiador Polibio. Ambos eran personas sensibles a su tiempo y a los problemas que acusaban las poleis griegas.

¿Qué tal les hubiera ido a esos pensadores en la era digital? No lo sabemos, pero cada vez que compartimos en nuestras redes sociales o Whatsapp una noticia de dudosa credibilidad, estamos arrojando un grano más a la creciente montaña de noticias falsas que circulan por la red, y que nadie sabe dónde nos llevará. Sí podemos, en cambio, aprender de la historia reciente.

En su libro El KGB y la desinformación soviética, el profesor Martin-Bittman narra lo fácil que les resultaba a los oficiales de la URSS intoxicar a la opinión pública de Europa occidental. Solo en 1965, veinticinco agentes destinados en Praga habían podido realizar más de 100 operaciones de desinformación en todo el mundo. En la víspera de su regreso a Moscú, el general al mando de las operaciones, Ivan Agayants, resumió la situación ante sus camaradas. “A veces me sorprendo de lo fácil que es jugar a estos juegos. Si no tuvieran libertad de prensa, tendríamos que inventársela”.

Pero ya sabemos cómo terminó la historia, y todas esas  supuestas debilidades de occidente, con sus derechos y libertades, demostraron ser una fortaleza en el largo plazo.

La caída del Muro de Berlín no supuso el fin de estas operaciones de intoxicación. La CIA las solía incluir entre sus ‘medidas activas’, los rusos no tardaron en rehacer filas y pronto les siguieron muchos otros con ayuda de empresas privadas, ejércitos de bots, hackers y perfiles falsos al servicio de intereses nada democráticos, con el fin de radicalizar los debates y polarizar el voto. Si alguien duda de que la partida se juega en Internet, solo tiene que echar un vistazo.

Hoy las llamamos noticias falsas o fake news. Nunca son casuales o inocentes, y han empezado a proliferar como una ola sorda pero constante. Sus picos casi siempre coinciden con elecciones políticas de gran volatilidad y calado: EEUU, Francia, Reino Unido, Italia.

Y ahora también Brasil. El país más poblado de Latinoamérica (209 millones de personas) está de actualidad ante otra probable victoria de un extremista, Jair Bolsonaro, en un país sumido en la corrupción, la violencia y el paro, ingredientes que favorecen la aparición de oportunistas con recetas fáciles para asuntos complejos. Y de nosotros, los tontos útiles que les damos difusión.

En su reciente ensayo El pueblo contra la democracia, el politólogo Yascha Mounk explica cómo a raíz de los populismos autoritarios que están tomando el poder por la vía de las urnas, la democracia misma está en grave peligro.

Quisimos hacer un experimento para saber si las redes están tan polarizadas como se supone. Preguntamos en el muro de Facebook una pregunta sencilla: ¿Qué medida tomarías hoy mismo si fueses presidente del Gobierno? A pesar del sesgo que pueda presentar el entorno social de los firmantes, las respuestas no se alejaron de ideas con las que podemos estar más o menos de acuerdo, con lógicos matices en su aplicación.

“Arreglar la sanidad pública”, “becas reales y asequibles”, “un sistema de pensiones viable”, “suprimir aforamientos y sueldos vitalicios”, “derogar la ley mordaza”, “suprimir el Senado o empezar el proceso”, “buscar una alternativa al monopolio de las eléctricas”, “subir el salario mínimo”, “poner las Humanidades donde se merecen”, “dar valor a la infancia”, fueron las respuestas. Nada sobre inmigración, nada sobre echar la culpa a otros de nuestros males.

¿El pueblo contra la democracia? No lo parece. Todo indica, en cambio, que la solución es más democracia, no menos. Y a esto también se está respondiendo con tecnologías para la transparencia y la participación ciudadana.

De hecho llama la atención que las noticias falsas y la demagogia triunfen allá donde la gente se siente menos implicada en la toma de decisiones, donde hay más corrupción, donde el sentimiento de frustración crece. Porque cuando la decisión es lejana, tampoco nos sentimos comprometidos con sus consecuencias.

Quizás la solución también resida en dejar de pensar la realidad en términos abstractos tales como nación, pueblo, occidente, izquierda, derecha, cultura, etc. para verla como naturaleza, vida y conciencia.

Crear espacios en nuestro día a día en los que estemos desconectados de las redes sociales e internet, en los que estar solos con nosotros mismos, tranquila y apaciblemente. Espacios que nos permitan encontrar un refugio de paz en el que guarecernos del bombardeo informativo y desinformativo constante.

Si somos capaces de desarrollar una cultura de la atención, una cultura que nos recuerde lo importante que es atender a lo que pensamos y sentimos, de ello dependerá nuestra salud mental y la de nuestras democracias. Un potente antídoto ante el auge de la desinformación y manipulación.

Al final, la realidad la determina cada individuo, y está en las manos de cada uno el desarrollarse como persona consciente, escéptica y crítica, inmune a los charlatanes y manipuladores de opinión.

 

COLABORARON: Marta Carrera, Pablo Checa, Jerónimo Espino, Alberto González, Héctor Guerra, Asun Martín y Juan Santiago.

 

Photo by Matteo Paganelli on Unsplash

‘Breve historia del ciborg moderno’ en GoCoworking

Hace unos días estuvimos hablando sobre el tema que da título al post en el encuentro #GoForInnovation de GoCoworking, en Las Palmas de Gran Canaria.

El concepto cyborg abarca desde la Grecia clásica, con sus mitos, quimeras y minotauros, hasta el mundo moderno con el Manifiesto Cyborg de Dona Hawaway, Junto a ella, artistas como Orlan, Stelarc, Eduardo Kac y Neil Harbisson han tratado el tema del humano-máquina. Sin olvidarnos de los cómics y escritores de ciencia-ficción desde Edgar Allan Poe, primera referencia moderna que hemos encontrado con su relato corto The man that was used up (1839).

Gracias a Overloadd, Innereye XR y todos los amigos que allí estuvimos, presenciando además la implantación de un chip en directo y debatiendo sobre todos estas apasionantes cuestiones.

En ESTE LINK puedes ver la presentación completa.

‘2045: ¿Hacia una era de las máquinas?’ con la ULPGC

Ningún relato es inocente. Cuando en 2001, Odisea en el Espacio Stanley Kubrick nos regala su poético viaje hacia el niño de las estrellas, no deja de evidenciar la condición defectuosa de la humanidad. De ahí la frase del Dr. Snaut en Solaris, la novela de Stanislaw Lem, cuando afirma que “no necesitamos otros mundos, necesitamos espejos”.

Otro relato, este más familiar. El 29 de octubre de 1969 a las 22:30 de la costa oeste de EEUU, el primer paquete de datos en forma de dos letras de texto (‘LO’, intento de ‘LOG’) viajó los 644 kilómetros que separan la Universidad de California del Stanford Research Institute, dentro del proyecto militar Arpanet. La revolución digital había comenzado.

Aquella red nació con el propósito de enchufar universidades e instituciones públicas mediante unos aparatos pesados, caros y difíciles de transportar. Hoy la llevamos en el bolsillo y con 3.800 millones de usuarios, sus consecuencias son evidentes en prácticamente toda actividad humana. La tecnología nos ayuda pero, ¿sabemos lo que estamos construyendo?

Casi la mitad de la población mundial aún no tiene acceso y muchos de ellos van a quedar fuera. Inteligencia artificial (AI), realidades mixtas, robótica, bioingeniería, big data… Lo han llamado la Cuarta Revolución Industrial. Y siempre en el mismo paquete, la coletilla emprendedora del “We are making a better word” (“Estamos haciendo un mundo mejor”).

 

Al menos desde la pasada década, los términos del discurso sobre el entorno digital han sido planteados desde una dimensión empresarial, en base a una representación idealizada de los emprendedores. Ellos están cambiando el mundo, sin duda, pero dicho entorno no se agota en Facebook, Google, Amazon, Apple o Tesla, por más que estos sean actores innovadores y relevantes.

Expertos como Raymond Kurzweil, director de Ingeniería de Google, aseguran que en pocas décadas el desarrollo tecnológico será tan exponencial que superará nuestras capacidades, con unas consecuencias que hoy no podemos prever. También afirma que superaremos los límites de la biología y la conciencia humanas.

Mientras unos se cuestionan si esto será posible, otros se preguntan cuándo. El desarrollo de la AI ha alertado a científicos, escritores y humanistas como Stephen Hawking, Nick Bostrom, Javier Echeverría y Nicholas Carr. La integración humano-máquina, la utopía del ciborg anunciada por Donna Haraway, es una realidad con la que tendremos que convivir.

Carlos Guerra, fundador de The Future ON. / ANDRÉS CRUZ

La ULPGC no puede ser ajeno a esta realidad como motor incansable de fabricación del talento canario, promotor de la industria 4.0 y como foro abierto para la preparación inevitable del futuro a través de la investigación, desarrollo, innovación y transferencia de conocimiento a la sociedad. Por ello que hemos querido organizar un encuentro sobre estas cuestiones en colaboración con The Future ON, colectivo de tecnólogos humanistas que promueven el diálogo tecnología-sociedad, además del Gabinete Literario y el Diario La Provincia.

La propuesta más llamativa será sin duda la creación de un ‘augmented human’ (humano mejorado) como anticipo de un debate donde abordaremos algunas cuestiones de actualidad sobre estos temas: privacidad, ciberataques, relación humano-máquina y democracia y participación.

Toda nueva tecnología genera promesas y peligros potenciales. De un lado la posibilidad de empoderar a individuos y comunidades mientras se crean oportunidades para el desarrollo económico, social y personal. De otro, la amenaza de marginar grupos, exacerbar la desigualdad y generar inseguridad.

Dar forma a esta revolución en beneficio de todos requerirá nuevas formas de colaboración y de gobernanza, responsabilidad colectiva y una narrativa compartida e inclusiva.

Artículo: ¿Es posible vivir sin odio?

La tecnología nos permite estar conectados, pero un mundo en paz requerirá nuevas formas de pensar y de sentir

AUTORES: Carlos Guerra (periodista), Lucas F. Borkel (filósofo), Jaime Rojas (Doctor en Física)

Una de las situaciones más impactantes que podemos experimentar en la vida es descubrir que alguien a quien ni siquiera conoces te odie hasta el punto de querer provocar tu muerte, como acaba de ocurrir en los atentados de Cataluña. Darnos cuenta, además, que desean destruirnos no por una identidad concreta  -por quién soy, por hechos que he llevado a cabo- sino por lo que para esa persona represento, nos deja en una situación tan vulnerable como precaria: pareciera que poco se puede hacer al respecto.

La única receta sería entonces prevenir al máximo e instalar cortafuegos, renunciando a parte de nuestra libertad en favor de una mayor percepción de seguridad. Un camino lleno de trampas y de difícil retorno si las circunstancias cambian. ¿Qué hacer entonces? ¿Es el odio inevitable o es posible vivir en un mundo libre de él? Dicho en otros términos: ¿estamos preparados para una experiencia vital ajena al odio, la intolerancia y el dogmatismo?

“Es igual de imposible que vivir sin amor. Incluso el ser humano es capaz de simultanear ambas emociones”, comenta Ricardo Gopar, publicista y apasionado de la psicología. “Estamos ante una paradoja”, señala la artista Alba González. “¿Para considerarnos tolerantes debemos tolerar la intolerancia? Hemos de odiar —intensamente incluso— las expresiones de odio, para así motivarnos a evitarlas y erradicarlas”.

Responder a estas preguntas no es un arte nuevo. Pero si en el pasado nuestros más acérrimos enemigos se encontraban próximos y podíamos identificarlos -así como ellos a nosotros-, hoy cualquiera está en disposición de odiarnos, por ajeno que resulte a nuestra realidad cotidiana, haciendo ardua la tarea identificativa y generando tentaciones totalizadoras.

Así, los atentados de Cataluña habrían sido provocados por “islamistas”, “árabes” o “musulmanes”. De una forma u otra necesitamos identificar la amenaza para saber de qué protegernos, aunque dicha identificación sea errónea de base.

Lo que hace tan peligroso este “odiar a distancia” es que no procede de una eventualidad o agravio puntual, sino que invade categorías mentales enteras: occidental, blanco, negro, judío, homosexual, musulmán, transexual, inmigrante, indigente… El informe de 2016 sobre delitos de odio en España muestra que racismo y xenofobia son los incidentes más comunes, aunque la discriminación por sexo o género es lo que más aumenta.

Desde pequeños descubrimos que estamos bien armados para odiar, así como amar y ayudar arriesgando incluso nuestras propias vidas. Está escrito en nuestros genes: cooperación y conflicto son dos caras de la misma moneda, rasgos típicos del ser humano y otros primates. Pero esa verdad científica no nos lleva a equipararlas. Para eso contamos con la moral y los principios éticos. ¿Quién no desea vivir en un mundo donde predomine la empatía sobre la intolerancia?

Hoy surge una nueva forma de canalizar estos fenómenos sociales: la Red. En ella la cuestión del odio parece haber cobrado una nueva dimensión y su propagación se ha acelerado de forma drástica. Las masas siguen -seguimos- apoyando la irracionalidad, devastadora de todo aquello que encuentra a su paso. No importa nuestra confianza en el mundo civilizado que creemos habitar, pues a cada poco demostramos nuestra falta de visión y susceptibilidad al fanatismo y la histeria colectiva.

En la Red nos sentimos anónimos y merodeamos ocultos en la sombra de lo virtual. En ella descargamos nuestras opiniones pero también nuestros impulsos y frustraciones: lo virtual como dimensión psicológica y moral,que nos muestra rasgos y potencialidades que no suelen aflorar en el día a día.

La psicología tiende a considerar al sujeto que odia como portador de una enfermedad grave. A nivel colectivo ese “odio a categorías” supone una enfermedad social. El ataque a la mezquita de Granada tras los atentados de Cataluña o los vídeos que circulan equiparando a refugiados e inmigrantes con terroristas son algunos ejemplos.

El odio que anida en una mente altera su juicio y percepción, construyendo la identidad del individuo en torno a ella y generando fanatismo y actitudes violentas. El sujeto del odio busca la aniquilación del objeto odiado, de manera más o menos consciente. La paradoja es clara: este sentimiento no desaparece con la destrucción de dicho objeto pues se retroalimenta, necesita confirmarse continuamente y cohesiona grupos, entrando en un bucle tan destructivo para los demás como autodestructivo para el sujeto de origen. El odio, monstruo insaciable, acaba por aniquilar también a su transmisor arrasando todo por el camino, como el mito de Saturno devorando a sus hijos.

De ahí la urgencia de propuestas para un problema tan actual y preocupante.

El “odio a categorías” es probablemente un problema endémico humano. Para albergarlo es necesario, por una lado, la formación de categorías, y por otro, la de una imagen de mí mismo como sujeto distinto a los demás.

Esta manifestación de odio, como el resto de fenómenos psicológicos, es una de las posibilidades a que da lugar nuestra dotación fruto del transcurso de millones de años de evolución. Algunos de estos fenómenos  son innatos y otros aprendidos, como el odio que nos ocupa. No obstante, innatos o aprendidos, todos terminan convirtiéndose en mecanismos reflejos, en automatismos.

Si queremos sobrevivirnos a nosotros mismos, a nuestro potencial más destructivo, necesitamos vivir atentos a dichos automatismos: a nuestras emociones, a nuestros pensamientos y creencias, a nuestros supuestos explícitos y tácitos, a nuestras percepciones de nosotros mismos y de los demás, a nuestros comportamientos y a los valores y actitudes que subyacen a los mismos. Al prestarles atención, estos mecanismos se van debilitando. Si no lo hacemos, si seguimos viviendo ignorantes de nuestra responsabilidad y participación (psicológica) en estos hechos, puede que pronto sea demasiado tarde para nuestra especie y nuestro hermoso planeta.

COLABORARON: Natxo Bascones, Ioana Buciu, Jerónimo Espino, Asun Martín, Javier Godoy, Alba González, Ricardo Gopar, Ángel Padrón, Patricia Reyes, Soraya Romero, Jessica Santana, Victoria Torres.

El gran relato (II)

 

La contracumbre de la Organización Mundial de Comercio en Seattle (1999), la creación del Foro Social Mundial en Porto Alegre y las manifestaciones o Contracumbre de Génova del G8 (ambas en 2001) dieron paso a una nueva forma también global de hacer política en las democracias occidentales, al margen de unas instituciones que se consideraba habían renegado del bien común y estaban por tanto deslegitimidadas.

También las herramientas de Internet jugaron un papel clave en la organización de estos primeros movimientos altermundistas. Primero el email, la web y los foros, más tarde blogs y redes sociales. El móvil hizo posible llevar Internet en el bolsillo, y con él la protesta se hizo ubicua. La propia Globalización integraba herramientas para cuestionarla, siguiendo la crítica de Jean Baudrillard sobre el mundo postmoderno. Pero ahora el contenido era real, no una mera acumulación de signos.

Pasado el auge de los movimientos antiglobalización -pero con la experiencia acumulada-, una segunda ola de movilizaciones sacude el mundo ya entrado el siglo XXI. Si las anteriores se desatan en occidente y se limitan a él, estas lo hacen en el norte de África, y de ahí se extiende al mundo árabe, Europa, EEUU y Corea del Sur, entre otros. Las fronteras culturales, si bien no desaparecen, demuestran mayor porosidad al menos en la exigencia  de más y mejor democracia, en una demostración sin precedentes de valores compartidos por millones de personas. Los efectos de la crisis económica iniciada en 2008 ayudan a ello, sin duda. De nuevo el descrédito del establishment político como hilo conductor. La frustración y hastío social se hace evidente.

¿Qué hacer en este contexto? La solución más extendida hoy por hoy es reformar dichas instituciones mediante la toma democrática del poder, confiando aún en ellas y no dándolas por muertas. La otra, eliminarlas y si acaso sustituirlas. En el primer caso con la tentación de generar un simple proceso de sustitución de las élites, que describieron Pareto y Mosca. O desde un punto de vista más amplio, una asimilación hacia lo aceptable por el sistema, según Marcuse. En el segundo, el salto al vacío y la incertidumbre absoluta, como se ha visto en las diferentes primaveras árabes.

Parece claro, eso sí, que hoy la Globalización es el gran relato del mundo. Como característica general a todo relato, es interesado. Y como rasgo particular, defensor de un statu quo escasamente democrático y exponencialmente desigualitario. Principales beneficiados son los grandes actores de la economía capitalista, especialmente los mercados financieros responsables de la gran crisis de 2008. Perjudicados son los demás, es decir, todos nosotros aguantando cada cual con sus propios medios. Los menos favorecidos caerán antes -ya están cayendo- incluso en un sentido existencial, nueva expresión de darwinismo social.

Mirando al futuro

¿Hacia dónde vamos entonces? ¿Podemos decir hoy que la Globalización tiene suficiente legitimidad? ¿Podemos hablar de ella como un relato socialmente aceptado y compartido? El auge del populismo de extrema derecha en Europa y EEUU también parecen negarlo, en una evasión hacia lo salvaje. ¿Tiene el humanismo respuestas para esto, o debemos buscarlas en el posthumanismo antropotécnico que postula Peter Sloterdijk?

Que la Globalización neoliberal está siendo el gran relato del mundo actual, es un hecho, así como los potentes intereses en profundizarlo y solidificarlo. El problema es si, parafraseando a Miguel de Unamuno, además de vencer, conseguirá convencer, continuando la actual tendencia en la configuración de unas relaciones de poder cada vez más concentradas, menos distribuidas y mínimamente democráticas.

Asegura Nicholas Carr que nos encaminamos hacia una sociedad más parecida a lo que anticipó Huxley en Un mundo feliz que a lo que describió Orwell en 1984, en el sentido de que la opresión no será tan explícita, sino que partiendo de nuestras propias mentes y corazones se podrá instaurar en el mundo. “Renunciaremos a nuestra privacidad y por tanto reduciremos nuestra libertad voluntaria y alegremente, con el fin de disfrutar plenamente de los placeres de la sociedad de consumo. No obstante, creo que la tensión entre la libertad que nos ofrece Internet y su utilización como herramienta de control nunca se va a resolver. Podemos hablar con libertad total, organizarnos, trabajar de forma colectiva, incluso crear grupos como Anonymous pero, al mismo tiempo, Gobiernos y corporaciones ganan más control sobre nosotros al seguir todos nuestros pasos online y al intentar influir en nuestras decisiones (entrevista en Babelia, El País, 2011).

El gran relato (I)

Siempre me fascinó observar las manifestaciones de poder. Del poder y su contrapartida, la sumisión. Pues así como el líder necesita al seguidor, el poder pierde gran eficacia si no cuenta con quienes aceptan su voluntad.

Hace unos años andaba sumergido en comprender algo de la naturaleza humana cuando me topé con Desmond Morris y El mono desnudo, el cual analiza a la especie desde un enfoque puramente zoológico como primates, o más concretamente homínidos. Entre las características de nuestro comportamiento destacaba Morris dos rasgos estructurales: jerarquía y territorialidad. Sendos aspectos donde el poder encuentra su razón de ser y se “capilariza” en un enorme abanico de manifestaciones, en palabras de Michel Foucault.

Desde tiempo inmemoriales, con el fin de reducir la violencia inherente a todo ejercicio de poder, las sociedades humanas establecieron el relato como instrumento básico de justificación del orden social. Porque es a través suyo, cuando es compartido, que el poderoso encuentra seguidores y por tanto legitimidad.

Así el poder encuentra el campo abonado para modelar comportamientos individuales y sociedades enteras sin recurrir continuamente al uso de la fuerza.  Si lo pensamos, hay pocos fenómenos humanos que posean un rango tan amplio de actuación, y sucede de forma constante a lo largo de la historia.

Asumiendo la obviedad de que la violencia directa persiste, lo que no ha sido resuelto de modo alguno es la violencia económica, social o psicológica de unos grupos de poder sobre otros. Tampoco la violencia interior de la que habla Byun-Chul Han, inducida por el propio sistema de valores en que nos desenvolvemos.

El posmodernismo afirmó hace algunas décadas que la era de los grandes relatos habían muerto. Distintas visiones del mundo iban a verse obligadas a convivir en un mismo espacio y tiempo, lo que dio lugar entre otras cosas al relativismo: lo importante no son los hechos sino sus interpretaciones. Podríamos citar a Gianni Vattimo entre los defensores de esta idea.

Pero si atendemos conceptos de autores como Jameson y su “capitalismo tardío”, Bauman y la “modernidad líquida” o Zizek con “el desierto de lo real”, encontramos en todos ellos un hilo conductor, como señala Rosa María Rodríguez Magda en su obra Transmodernidad. Ese hilo conductor es la Globalización, la cual ejerce un poder que no ha creado ‘alguien’, porque es la acumulación de procesos sociales, políticos, culturales, medioambientales, científicos y tecnológicos. Pero que está aquí con todos nosotros, imponiendo realidades, y caracterizada por el tercer entorno del que nos habla Javier Echeverría: la nueva y absoluta hegemonía  de lo digital.

En todo caso, la nueva óptica relativista fue aprovechada rápidamente tras la caída del bloque soviétivo -única alternativa al Capitalismo- por ciertas élites político-económicas para crear un no-relato que tiene su gran punto de partida, al menos que yo recuerde, en 1992 con El fin de la historia y el último hombre, la célebre obra de Francis Fukuyama. Con notable éxito mediático, expuso que la Historia, como lucha de ideologías, guerras y revoluciones, había llegado a su fin tras la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría. La democracia liberal se proyectaba como triunfante del envite.

Esta explicación -aquí resumida- se instaló sin dificultades en gran parte de la opinión pública, la política y los medios de comunicación en años subsiguientes. Críticos como Noam Chomsky e Ignacio Ramonet pronto lo calificaron como un ejemplo de pensamiento único: un discurso que pretendiendo aparecer como neutral, cumplía el rol de favorecer al capitalismo global. El neoliberalismo, en suma.

El ‘dolce far niente’

Panta rei. Todo fluye. Todo cambia y nada permanece. La frase se atribuye al filósofo griego Heráclito, luego recogida por Aristóteles en su famosa cita “no nos bañamos dos veces en el mismo río”.

En medio de este tedio veraniego, 2.500 años más tarde, contemplar nuestro entorno reabre sin embargo una vieja sensación que contradice a aquellos sabios. Se observa en las charlas de bar y en las paellas de domingo. En la política, las portadas del Marca y los dimes y diretes. En los cruces de semáforo a dónde coño ibas y si no viste que estaba en rojo. Que la vida sigue igual.

“Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”, declaraba Tancredi a su tío el príncipe Don Fabrizio en El gatopardo, la novela de Lampedusa adaptada al cine por Visconti. En ella se narra la invasión de Sicilia por las tropas de Garibaldi y las maniobras de la nobleza para conservar sus privilegios. Fue lo que dio origen a la expresión gatopardismo o lampedusismo: todo aquel cambio cuyo único fin es que todo permanezca.

Es la versión moderna del eterno retorno que Nietzsche recogía en Así habló Zaratustra. Lo vivido vuelve a la mente vez tras vez, en una repetición infinita e incansable. Para algunos era entonces el preludio de algo mayor, el Übermensch, el Superhombre. Nada de eso se espera por aquí.

Las crisis debilitan el consenso y desbarata los vínculos de confianza. Surgen los recelos, aflora el clan y se sospecha de todo. “En tiempos de crisis incluso se sospecha del cambio”, decía Enric Juliana analizando el origen del lampedusismo.

Tedio y crisis. La sensación de vivir anclados en un tiempo que no avanza. El presente permanente del que hablaba Eric Hobsbawm en la introducción a su Historia del siglo XX. “En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven”.

Una especie de burbuja donde nada sucedió y todo está por ocurrir. Una bomba explotó, pero no sabemos dónde. Algunas gentes naufragaron (¿quizá en Lampedusa?), pero cuándo, imposible recordarlo. Como esa tierra media de la consciencia donde no distinguimos sueño de realidad, así tampoco abrigamos hoy una visión clara de nuestro lugar en el mundo.

Lejos de ahondar en el individuo y sus relaciones presentes, ese continuo le aísla y difumina, negándole el momento de ser él y obligándole a llenar ese vacío mediante ‘el otro’ en ausencia de empatía, sujeto-objeto con el que conectamos a remoto y que ha de legitimar nuestra propia existencia.

El tedio. No soñamos con mundos distintos porque apenas ya soñamos. El saber pasó de moda, la transgresión sucumbió a lo corrección y el inconformismo se volvió enfermedad. “Valora lo que tienes”, nos dicen, cuando en realidad quieren decir “confórmate con eso”. Apáñate, sobrevive, ten hijos y no molestes mucho. Ser crítico es marginarse. Impugnar el presente es exiliarse. El ámbito medio se esfumó.

¿Qué hacer, entonces? “El hombre nunca puede saber qué debe querer” —relata Milan Kundera en La insoportable levedad del ser porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores”. Si queremos recuperar el rumbo, pues, necesitamos más que nunca de la filosofía.

La tecnología, con todo lo que aporta, decretó la normalización del tedio. Conectarse a las redes sociales, algunas fotos, firmar una petición, quizá. Algún mensaje indignado. De ahí a la descalificación y el insulto ocasional, tan reales, tan auténticos. Nuestra dosis diaria de protesta, pautada y autoadministrada. Ya nos sentimos mejor, algunos memes y vuelta a empezar. Y de fondo siempre esa voz que nos dice: no seas, no seas. Solo parece que estás ahí, acaso el mundo olvide que existes.

Solo a veces un chispazo, una descarga eléctrica nos devuelve a la condición humana y nos recuerda que estamos vivos. Ahora somos imbatibles. La pantalla nos muestra ese video que hace tiempo no salía, el del presentador furioso que va a ser despedido y ante la cámara corea un eslogan que la gente grita en sus ventanas a lo largo y ancho de la ciudad. “Estoy más que harto, y no quiero seguir soportándolo.”

Be inspiring, my friend

Esto va de inspirar, de provocar inspiración. En un mundo con tal cantidad de información a tiro de piedra, donde es tan fácil copiar y que te copien, con la inteligencia artificial evolucionando a pasos agigantados, lo único que no te copiarán seguro es tu capacidad innata de crear algo especial.

Yo lo llamo inspiración, y tiene el enorme poder de provocar que cosas ya conocidas sean vistas de una forma completamente nueva.

Dicen que cuando eso ocurre se general nuevas conexiones neuronales, porque todos somos capaces de moldear esa plasticidad cerebral, no solo los niños. Eso es muy poderoso. Eso es conectar con la mente de las personas.

Algunos en el marketing creen que porque han escogido su target y han puesto sobre la mesa una pasta en anuncios, todos tenemos que ir como locos a comprarle. Puede que eso funcionara hace 20 años, en la época de los medios masivos. Hoy no. Y aunque sigas empeñado en utilizar únicamente esos medios para llegar a tu target, entérate: la gente ha cambiado. Lo que funcionó ayer ya no funciona hoy. Y lo que funciona hoy quizás no lo haga dentro de un año. Replantéate tus rutinas útiles, porque lo que ya sabemos -lo que fue útil en su momento- es el principal obstáculo para adaptarte a un mundo en constante cambio.

¿Sabes lo que sí funciona? Inspirar. Y eso empieza por tratar de conectar.

¿Qué es conectar? Algunos lo llaman insights. En lenguaje llano, es tratar de dar respuesta a las inquietudes de otro (en lo amplio del término). Imagínate una conversación de amigos. Tu amigo tiene un problema con su pareja y tú le aportas algo, una idea, un método, lo que sea que responda a esa inquietud presente. ¿Sabes por qué lo hiciste? Porque esa persona te importa y le dedicas atención. De eso se trata.

Conectar no implica inspirar, pero es el paso previo. Ahora estás conectado, bien. Si te esfuerzas por mantener esa conexión para que no se desvanezca, tienes en tus manos la capacidad de inspirar, una de las mayores cosas que existen en el mundo. Existen múltiples ejemplos de cómo la inspiración positiva de algunas personas ha quedado grabada a fuego en la historia.

Y ahora dispara, ayuda a a esas personas a que lleguen más lejos, a ser mejores, a ser más grandes que tú incluso. Sé como un guía que les acompañe en el camino, trata de sacar el máximo de ellos. Proporciónales esa experiencia inolvidable. Si lo consigues, te aseguro que siempre se van a acordar de ti. Como cuando tú estuviste en el otro lado. ¿Verdad que lo recuerdas?

La era del periodista Terminator

En la saga de ciencia ficción Terminator, el programa de inteligencia artificial Skynet va generando una serie de ciborgs asesinos en su lucha contra los humanos. Cada uno de ellos es más evolucionado que el anterior, como respuesta al fracaso de sus predecesores. Es decir, va adaptando su respuesta a la situación de cada momento.

Hace unos días publiqué un comentario en Facebook que generó cierta polémica. Hacía referencia a la ausencia de firmas femeninas en las secciones de Opinión de los diarios, destacando en cambio que en las secciones de Gente -o Moda- ellas sí que son mayoría. El debate tardó poco en prender. Incluyendo mayoría de periodistas, como es lógico, pues buena parte de mis contactos en Facebook lo son.

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El tema me resultaba curioso porque los medios de comunicación en estos años han contribuido muchísimo extender la idea de la igualdad efectiva entre hombres y mujeres. En cambio internamente, al menos en este caso, no parecen seguir este relato.

El asunto se puede resolver con una explicación relativamente sencilla: las secciones de Opinión son las más tradicionales de los medios, las que retienen en mayor medida el ADN original de la prensa moderna, la que nació entre los siglos XVIII y XIX. Aquellos foros donde las élites culturales creaban la opinión pública. Es de esperar que estas páginas (o url, tanto da) sean por tanto más tradicionales en su funcionamiento interno.

Pero lo interesante de todo esto es que refleja hasta qué punto las empresas periodísticas siguen teniendo -a pesar de sus esfuerzos- serias dificultades para adaptarse a los tiempos.

Hoy la tecnología, las máquinas, también tienen mucho que decir en el periodismo, pero esta vez bajo control del periodista y de los medios. Hace una década se hablaba del periodismo multimedia o digital. Hoy hay que hablar del periodista multiplataforma, aquel que además es capaz de manejarse con soltura en social media, mobile, SEO y analítica digital, al menos.

¿Para hacerlo todo al mismo tiempo? En absoluto. Para sacar el máximo partido al trabajo periodístico. Y si no empiezas a cumplir estos requisitos, es muy probable que, como los primeros ciborgs de Terminator, vengan otros más evolucionados que tú a hacer el trabajo.

El contenido de calidad seguirá siendo el centro de todo, sin duda. Pero cada vez con más apoyos de herramientas que no se crearon dentro del ecosistema de los medios, por cierto. Términos como data-driven content o contenido guiado por datos ya se empiezan a manejar con soltura en el mundo del marketing de contenidos. Y es que hoy por hoy son ellas, las marcas, las que parece ser las nuevas T-1000 de los contenidos y las audiencias.

Todo eso, lejos de perjudicarnos a los periodistas o a los medios, nos ofrece una nueva y excitante oportunidad de contribuir a un mundo que inevitablemente progresa. De manera desigual y a rachas, pero a largo plazo progresa.

Lecciones de barrio para una crisis moderna

Nada nos enseña más sobre nosotros mismos que un buen drama personal. No una de esas semanas tontas que todos tenemos, y que en mi caso comienzan levantándome de la cama más tarde de lo que tenía previsto. Me refiero a un problema de verdad, un dramón.

Esos problemas gordos casi siempre llegan en forma de malas noticias: una enfermedad repentina, una brusca separación, un fuerte desengaño. Situaciones que nos ponen al límite y nos muestran verdaderamente quiénes somos y cómo nos comportamos ante las adversidades. Y nos damos cuenta que en realidad somos más fuertes de lo que pensábamos para unas cosas, y no tan buenos en otras que creíamos que sí. En eso consiste.

Hace unos años nos enteramos de que había una crisis por ahí, sería hacia finales de 2008. Pocos meses después esa ‘crisis’ llegó a nuestras casas y a nuestros bolsillos. Decir lo que pasó es una obviedad, porque lo seguimos viviendo: perspectivas truncadas, búsqueda de empleo a la desesperada, una generación perdida o casi perdida.

Pero ¿qué aprendimos de todo esto? ¿Cuáles fueron las lecciones de la crisis?

La principal de todas es esta: ahora todos nos conocemos mejor. Antes vivíamos más o menos felices pensado que todo el mundo es bueno, en el barrio, en España y en Europa. Sobre todo en Europa, gente seria. Ahora sabemos que en el barrio predomina la gente buena, que en España más o menos y en Europa… Eso lo dejo para el final.

Con la crisis aprendimos que sabemos ayudarnos y queremos ayudarnos. En persona, por supuesto, pero también recurriendo a las múltiples herramientas tecnológicas que hoy hacen posible más que nunca esta cultura del ayudarse, desde proyectos como MiBarrio hasta la economía del bien común o el consumo colaborativo. Las posibilidades son inmensas y aún no podemos prever las consecuencias sociales y culturales que esto traerá.

Pero también aprendimos que eso no es suficiente, y recuperamos el eslógan de Porto Alegre, el Foro Social Mundial de 2001 que dejó aquella frase de ‘otro mundo es posible’. Nada nuevo, porque ya lo había avanzado Herbert Marcuse en 1968 en El final de la utopía, afirmando ya en aquel momento que en el mundo se daban las condiciones materiales para lograr una igualdad si no plena, mucho más real entre todo los habitantes del planeta. Eso parece que se nos olvidó, pero ahora lo rescatamos de una forma mucho más viva y acorde a los tiempos.

Sucedió que un movimiento mundial de exigencia de mayores libertades y democracia se extendió por parte del mundo, con Democracia Real Ya y el 15M en España, pero cuya mayor expresión fue sin duda la Primavera Árabe, cuyas consecuencias incluso geopolíticas aún perduran. También en parte de África, con países como Senegal, donde parte de su población se movilizó para evitar un pucherazo en las elecciones. Y en EEUU con el movimiento Occupy Wall Street.

En España también aprendimos a conocernos mejor, especialmente entre gobernantes y pueblo. Descubrimos que el artículo 1 de la Constitución, sagrado como nos habían jurado y perjurado que era… pues no lo era tanto. “La soberanía nacional reside en el pueblo español.” Y en cambio se sacralizó en dos patadas el pago de la deuda externa por encima de los intereses nacionales. Ahí sí que nos conocimos bien, ¿eh?

Hemos aprendido que no está bonito socializar las pérdidas (rescates bancarios…) pero en cambio mantener privatizadas las ganancias.

También nos dimos cuenta de que a nada lleva la falta de diálogo con los nacionalismos, y que en cambio hay falta de tacto y sensibilidad en el caso catalán. Eso sí es un tema que nos pone nerviosos, por eso hace falta diálogo. Y aunque yo mismo me posicione como no-nacionalista, nunca seré anti-nacionalista, y aprendamos de cómo han resuelto las cosas en Escocia: referéndum y otra cosa. Eso es democracia, las más antigua de las actuales, por cierto.

Y ya que hablamos de Europa y de referéndums, por fin hemos aprendido cosas de la Unión Europea. Hemos aprendido que Europa habla alemán, y que  la UE tiene un déficit democrático importante desde el momento en que no es el Parlamento (representantes del pueblo) el que lo decide todo y sí la Comisión (representantes de representantes). Bueno, eso ya se sabía, pero ahora lo sabemos un poco más.

Hemos sabido que Grecia ha sido un desastre, en efecto. Pero que no hay por qué abocarlos a elegir entre el colapso de su economía o la doctrina económica neoliberal, que ya lo sabemos, lleva inevitablemente a una mayor desigualdad. Hemos visto cómo Atenas salía a la calle a celebrar el ‘no’ del referéndum a las condiciones impuestas por Bruselas, para unos días después aceptar su presidente Alexis Tsipras unas condiciones muy parecidas. Y no sabemos qué pasará, pero así ellos también se conocen mejor.

La parte buena es esta, que ya todos nos conocemos mejor y sabemos dónde estamos. Por eso comenzaron las operaciones de maquillaje para cada cual tratar de vender que ya no son eso, que son otra cosa. Pero las lecciones de la crisis están ahí.

La duda es saber por cuánto tiempo lo recordaremos.