El gran relato (II)

 

La contracumbre de la Organización Mundial de Comercio en Seattle (1999), la creación del Foro Social Mundial en Porto Alegre y las manifestaciones o Contracumbre de Génova del G8 (ambas en 2001) dieron paso a una nueva forma también global de hacer política en las democracias occidentales, al margen de unas instituciones que se consideraba habían renegado del bien común y estaban por tanto deslegitimidadas.

También las herramientas de Internet jugaron un papel clave en la organización de estos primeros movimientos altermundistas. Primero el email, la web y los foros, más tarde blogs y redes sociales. El móvil hizo posible llevar Internet en el bolsillo, y con él la protesta se hizo ubicua. La propia Globalización integraba herramientas para cuestionarla, siguiendo la crítica de Jean Baudrillard sobre el mundo postmoderno. Pero ahora el contenido era real, no una mera acumulación de signos.

Pasado el auge de los movimientos antiglobalización -pero con la experiencia acumulada-, una segunda ola de movilizaciones sacude el mundo ya entrado el siglo XXI. Si las anteriores se desatan en occidente y se limitan a él, estas lo hacen en el norte de África, y de ahí se extiende al mundo árabe, Europa, EEUU y Corea del Sur, entre otros. Las fronteras culturales, si bien no desaparecen, demuestran mayor porosidad al menos en la exigencia  de más y mejor democracia, en una demostración sin precedentes de valores compartidos por millones de personas. Los efectos de la crisis económica iniciada en 2008 ayudan a ello, sin duda. De nuevo el descrédito del establishment político como hilo conductor. La frustración y hastío social se hace evidente.

¿Qué hacer en este contexto? La solución más extendida hoy por hoy es reformar dichas instituciones mediante la toma democrática del poder, confiando aún en ellas y no dándolas por muertas. La otra, eliminarlas y si acaso sustituirlas. En el primer caso con la tentación de generar un simple proceso de sustitución de las élites, que describieron Pareto y Mosca. O desde un punto de vista más amplio, una asimilación hacia lo aceptable por el sistema, según Marcuse. En el segundo, el salto al vacío y la incertidumbre absoluta, como se ha visto en las diferentes primaveras árabes.

Parece claro, eso sí, que hoy la Globalización es el gran relato del mundo. Como característica general a todo relato, es interesado. Y como rasgo particular, defensor de un statu quo escasamente democrático y exponencialmente desigualitario. Principales beneficiados son los grandes actores de la economía capitalista, especialmente los mercados financieros responsables de la gran crisis de 2008. Perjudicados son los demás, es decir, todos nosotros aguantando cada cual con sus propios medios. Los menos favorecidos caerán antes -ya están cayendo- incluso en un sentido existencial, nueva expresión de darwinismo social.

Mirando al futuro

¿Hacia dónde vamos entonces? ¿Podemos decir hoy que la Globalización tiene suficiente legitimidad? ¿Podemos hablar de ella como un relato socialmente aceptado y compartido? El auge del populismo de extrema derecha en Europa y EEUU también parecen negarlo, en una evasión hacia lo salvaje. ¿Tiene el humanismo respuestas para esto, o debemos buscarlas en el posthumanismo antropotécnico que postula Peter Sloterdijk?

Que la Globalización neoliberal está siendo el gran relato del mundo actual, es un hecho, así como los potentes intereses en profundizarlo y solidificarlo. El problema es si, parafraseando a Miguel de Unamuno, además de vencer, conseguirá convencer, continuando la actual tendencia en la configuración de unas relaciones de poder cada vez más concentradas, menos distribuidas y mínimamente democráticas.

Asegura Nicholas Carr que nos encaminamos hacia una sociedad más parecida a lo que anticipó Huxley en Un mundo feliz que a lo que describió Orwell en 1984, en el sentido de que la opresión no será tan explícita, sino que partiendo de nuestras propias mentes y corazones se podrá instaurar en el mundo. “Renunciaremos a nuestra privacidad y por tanto reduciremos nuestra libertad voluntaria y alegremente, con el fin de disfrutar plenamente de los placeres de la sociedad de consumo. No obstante, creo que la tensión entre la libertad que nos ofrece Internet y su utilización como herramienta de control nunca se va a resolver. Podemos hablar con libertad total, organizarnos, trabajar de forma colectiva, incluso crear grupos como Anonymous pero, al mismo tiempo, Gobiernos y corporaciones ganan más control sobre nosotros al seguir todos nuestros pasos online y al intentar influir en nuestras decisiones (entrevista en Babelia, El País, 2011).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *