Artículo: ¿El pueblo contra la democracia?

Estamos siendo víctimas y cómplices de la intoxicación informativa. En un mundo global, la tecnología puede ser nuestra enemiga o la mejor aliada.

AUTORES: Carlos Guerra (periodista), Lucas F. Borkel (filósofo), Jaime Rojas (Doctor en Física)

La demagogia y la oclocracia (gobierno de la muchedumbre) son problemas antiguos. La primera definición de demagogia proviene de Aristóteles, y la oclocracia fue determinada por el historiador Polibio. Ambos eran personas sensibles a su tiempo y a los problemas que acusaban las poleis griegas.

¿Qué tal les hubiera ido a esos pensadores en la era digital? No lo sabemos, pero cada vez que compartimos en nuestras redes sociales o Whatsapp una noticia de dudosa credibilidad, estamos arrojando un grano más a la creciente montaña de noticias falsas que circulan por la red, y que nadie sabe dónde nos llevará. Sí podemos, en cambio, aprender de la historia reciente.

En su libro El KGB y la desinformación soviética, el profesor Martin-Bittman narra lo fácil que les resultaba a los oficiales de la URSS intoxicar a la opinión pública de Europa occidental. Solo en 1965, veinticinco agentes destinados en Praga habían podido realizar más de 100 operaciones de desinformación en todo el mundo. En la víspera de su regreso a Moscú, el general al mando de las operaciones, Ivan Agayants, resumió la situación ante sus camaradas. “A veces me sorprendo de lo fácil que es jugar a estos juegos. Si no tuvieran libertad de prensa, tendríamos que inventársela”.

Pero ya sabemos cómo terminó la historia, y todas esas  supuestas debilidades de occidente, con sus derechos y libertades, demostraron ser una fortaleza en el largo plazo.

La caída del Muro de Berlín no supuso el fin de estas operaciones de intoxicación. La CIA las solía incluir entre sus ‘medidas activas’, los rusos no tardaron en rehacer filas y pronto les siguieron muchos otros con ayuda de empresas privadas, ejércitos de bots, hackers y perfiles falsos al servicio de intereses nada democráticos, con el fin de radicalizar los debates y polarizar el voto. Si alguien duda de que la partida se juega en Internet, solo tiene que echar un vistazo.

Hoy las llamamos noticias falsas o fake news. Nunca son casuales o inocentes, y han empezado a proliferar como una ola sorda pero constante. Sus picos casi siempre coinciden con elecciones políticas de gran volatilidad y calado: EEUU, Francia, Reino Unido, Italia.

Y ahora también Brasil. El país más poblado de Latinoamérica (209 millones de personas) está de actualidad ante otra probable victoria de un extremista, Jair Bolsonaro, en un país sumido en la corrupción, la violencia y el paro, ingredientes que favorecen la aparición de oportunistas con recetas fáciles para asuntos complejos. Y de nosotros, los tontos útiles que les damos difusión.

En su reciente ensayo El pueblo contra la democracia, el politólogo Yascha Mounk explica cómo a raíz de los populismos autoritarios que están tomando el poder por la vía de las urnas, la democracia misma está en grave peligro.

Quisimos hacer un experimento para saber si las redes están tan polarizadas como se supone. Preguntamos en el muro de Facebook una pregunta sencilla: ¿Qué medida tomarías hoy mismo si fueses presidente del Gobierno? A pesar del sesgo que pueda presentar el entorno social de los firmantes, las respuestas no se alejaron de ideas con las que podemos estar más o menos de acuerdo, con lógicos matices en su aplicación.

“Arreglar la sanidad pública”, “becas reales y asequibles”, “un sistema de pensiones viable”, “suprimir aforamientos y sueldos vitalicios”, “derogar la ley mordaza”, “suprimir el Senado o empezar el proceso”, “buscar una alternativa al monopolio de las eléctricas”, “subir el salario mínimo”, “poner las Humanidades donde se merecen”, “dar valor a la infancia”, fueron las respuestas. Nada sobre inmigración, nada sobre echar la culpa a otros de nuestros males.

¿El pueblo contra la democracia? No lo parece. Todo indica, en cambio, que la solución es más democracia, no menos. Y a esto también se está respondiendo con tecnologías para la transparencia y la participación ciudadana.

De hecho llama la atención que las noticias falsas y la demagogia triunfen allá donde la gente se siente menos implicada en la toma de decisiones, donde hay más corrupción, donde el sentimiento de frustración crece. Porque cuando la decisión es lejana, tampoco nos sentimos comprometidos con sus consecuencias.

Quizás la solución también resida en dejar de pensar la realidad en términos abstractos tales como nación, pueblo, occidente, izquierda, derecha, cultura, etc. para verla como naturaleza, vida y conciencia.

Crear espacios en nuestro día a día en los que estemos desconectados de las redes sociales e internet, en los que estar solos con nosotros mismos, tranquila y apaciblemente. Espacios que nos permitan encontrar un refugio de paz en el que guarecernos del bombardeo informativo y desinformativo constante.

Si somos capaces de desarrollar una cultura de la atención, una cultura que nos recuerde lo importante que es atender a lo que pensamos y sentimos, de ello dependerá nuestra salud mental y la de nuestras democracias. Un potente antídoto ante el auge de la desinformación y manipulación.

Al final, la realidad la determina cada individuo, y está en las manos de cada uno el desarrollarse como persona consciente, escéptica y crítica, inmune a los charlatanes y manipuladores de opinión.

 

COLABORARON: Marta Carrera, Pablo Checa, Jerónimo Espino, Alberto González, Héctor Guerra, Asun Martín y Juan Santiago.

 

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