Artículo: ¿Es posible vivir sin odio?

La tecnología nos permite estar conectados, pero un mundo en paz requerirá nuevas formas de pensar y de sentir

AUTORES: Carlos Guerra (periodista), Lucas F. Borkel (filósofo), Jaime Rojas (Doctor en Física)

Una de las situaciones más impactantes que podemos experimentar en la vida es descubrir que alguien a quien ni siquiera conoces te odie hasta el punto de querer provocar tu muerte, como acaba de ocurrir en los atentados de Cataluña. Darnos cuenta, además, que desean destruirnos no por una identidad concreta  -por quién soy, por hechos que he llevado a cabo- sino por lo que para esa persona represento, nos deja en una situación tan vulnerable como precaria: pareciera que poco se puede hacer al respecto.

La única receta sería entonces prevenir al máximo e instalar cortafuegos, renunciando a parte de nuestra libertad en favor de una mayor percepción de seguridad. Un camino lleno de trampas y de difícil retorno si las circunstancias cambian. ¿Qué hacer entonces? ¿Es el odio inevitable o es posible vivir en un mundo libre de él? Dicho en otros términos: ¿estamos preparados para una experiencia vital ajena al odio, la intolerancia y el dogmatismo?

“Es igual de imposible que vivir sin amor. Incluso el ser humano es capaz de simultanear ambas emociones”, comenta Ricardo Gopar, publicista y apasionado de la psicología. “Estamos ante una paradoja”, señala la artista Alba González. “¿Para considerarnos tolerantes debemos tolerar la intolerancia? Hemos de odiar —intensamente incluso— las expresiones de odio, para así motivarnos a evitarlas y erradicarlas”.

Responder a estas preguntas no es un arte nuevo. Pero si en el pasado nuestros más acérrimos enemigos se encontraban próximos y podíamos identificarlos -así como ellos a nosotros-, hoy cualquiera está en disposición de odiarnos, por ajeno que resulte a nuestra realidad cotidiana, haciendo ardua la tarea identificativa y generando tentaciones totalizadoras.

Así, los atentados de Cataluña habrían sido provocados por “islamistas”, “árabes” o “musulmanes”. De una forma u otra necesitamos identificar la amenaza para saber de qué protegernos, aunque dicha identificación sea errónea de base.

Lo que hace tan peligroso este “odiar a distancia” es que no procede de una eventualidad o agravio puntual, sino que invade categorías mentales enteras: occidental, blanco, negro, judío, homosexual, musulmán, transexual, inmigrante, indigente… El informe de 2016 sobre delitos de odio en España muestra que racismo y xenofobia son los incidentes más comunes, aunque la discriminación por sexo o género es lo que más aumenta.

Desde pequeños descubrimos que estamos bien armados para odiar, así como amar y ayudar arriesgando incluso nuestras propias vidas. Está escrito en nuestros genes: cooperación y conflicto son dos caras de la misma moneda, rasgos típicos del ser humano y otros primates. Pero esa verdad científica no nos lleva a equipararlas. Para eso contamos con la moral y los principios éticos. ¿Quién no desea vivir en un mundo donde predomine la empatía sobre la intolerancia?

Hoy surge una nueva forma de canalizar estos fenómenos sociales: la Red. En ella la cuestión del odio parece haber cobrado una nueva dimensión y su propagación se ha acelerado de forma drástica. Las masas siguen -seguimos- apoyando la irracionalidad, devastadora de todo aquello que encuentra a su paso. No importa nuestra confianza en el mundo civilizado que creemos habitar, pues a cada poco demostramos nuestra falta de visión y susceptibilidad al fanatismo y la histeria colectiva.

En la Red nos sentimos anónimos y merodeamos ocultos en la sombra de lo virtual. En ella descargamos nuestras opiniones pero también nuestros impulsos y frustraciones: lo virtual como dimensión psicológica y moral,que nos muestra rasgos y potencialidades que no suelen aflorar en el día a día.

La psicología tiende a considerar al sujeto que odia como portador de una enfermedad grave. A nivel colectivo ese “odio a categorías” supone una enfermedad social. El ataque a la mezquita de Granada tras los atentados de Cataluña o los vídeos que circulan equiparando a refugiados e inmigrantes con terroristas son algunos ejemplos.

El odio que anida en una mente altera su juicio y percepción, construyendo la identidad del individuo en torno a ella y generando fanatismo y actitudes violentas. El sujeto del odio busca la aniquilación del objeto odiado, de manera más o menos consciente. La paradoja es clara: este sentimiento no desaparece con la destrucción de dicho objeto pues se retroalimenta, necesita confirmarse continuamente y cohesiona grupos, entrando en un bucle tan destructivo para los demás como autodestructivo para el sujeto de origen. El odio, monstruo insaciable, acaba por aniquilar también a su transmisor arrasando todo por el camino, como el mito de Saturno devorando a sus hijos.

De ahí la urgencia de propuestas para un problema tan actual y preocupante.

El “odio a categorías” es probablemente un problema endémico humano. Para albergarlo es necesario, por una lado, la formación de categorías, y por otro, la de una imagen de mí mismo como sujeto distinto a los demás.

Esta manifestación de odio, como el resto de fenómenos psicológicos, es una de las posibilidades a que da lugar nuestra dotación fruto del transcurso de millones de años de evolución. Algunos de estos fenómenos  son innatos y otros aprendidos, como el odio que nos ocupa. No obstante, innatos o aprendidos, todos terminan convirtiéndose en mecanismos reflejos, en automatismos.

Si queremos sobrevivirnos a nosotros mismos, a nuestro potencial más destructivo, necesitamos vivir atentos a dichos automatismos: a nuestras emociones, a nuestros pensamientos y creencias, a nuestros supuestos explícitos y tácitos, a nuestras percepciones de nosotros mismos y de los demás, a nuestros comportamientos y a los valores y actitudes que subyacen a los mismos. Al prestarles atención, estos mecanismos se van debilitando. Si no lo hacemos, si seguimos viviendo ignorantes de nuestra responsabilidad y participación (psicológica) en estos hechos, puede que pronto sea demasiado tarde para nuestra especie y nuestro hermoso planeta.

COLABORARON: Natxo Bascones, Ioana Buciu, Jerónimo Espino, Asun Martín, Javier Godoy, Alba González, Ricardo Gopar, Ángel Padrón, Patricia Reyes, Soraya Romero, Jessica Santana, Victoria Torres.